19 sept. 2010

EL BARCO DE PAPEL (4)

                                                                 EL EMBARCADERO




             Carlos acudió a la misteriosa cita ataviado con una indumentaria que le hacían parecer otra persona. Se tiñó el pelo de rubio, gafas negras y un vaquero desgastado. Parecía un joven de Instituto y no un escritor entrado en años.Encendió un cigarro y se sentó en un banco que ofrecía una visión completa del lugar simulando leer el periódico.

             Pocas personas paseaban por el parque y él, por mucho que lo deseaba, no percibía nada extraño. No existían datos que dieran luz a la supuesta cita.Un cigarro tras otro y mil repasos al periódico.

            A las once y media y ante la ausencia de acontecimientos pensó en dejar el lugar y dirigirse hacia la editorial pero al abandonar el banco del embarcadero sintió que una mano suave acariciaba su cuello.



            La tranquilidad volvió a ser protagonista en su interior pero no así en los interrogantes de su mente. Nadie detrás de Carlos. Las sensaciones estaban preñadas de realidad, sin duda, pues alguien lo había acariciado con un cariño inusual y cercano…muy cercano.

Una paz extraña y desconcertante hizo que de nuevo su mente se llenara de mil interrogantes, esta vez cargados de matices placenteros.

Suena el móvil, una llamada de la editorial que le reclama de inmediato; la edición del periódico está a punto de cerrar y su artículo aún no está editado. A toda máquina hacia el lugar de trabajo para acabar su artículo minutos antes de cerrar la edición para después emprender el camino a casa con el único deseo de descansar e intentar olvidarse de todo.

Al abrir la puerta de su casa, como siempre, lo primero que encuentran sus ojos es la foto de su hijo. Javier tenía 5 años y jugaba en el parque del embarcadero con un barco de papel. Desde entonces nada se supo de él y el vacío que se apropió de Carlos cada día era más profundo y desconsolador. Un despiste súbito fue suficiente.

Cada siete de mayo todos los años se acercaba al embarcadero sin saber muy bien por qué.
Aquel barco de papel nunca se borró del oleaje de su mente.

El humo del cigarro se mezclaba con sus lágrimas, imaginando a su hijo que ahora sería un adolescente.


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1 comentario:

Ligia dijo...

La pérdida de un hijo es algo antinatural. Debe ser muy duro. Relato precioso. Abrazos